| EPIDEMIOLOGÍA DE LOS TRATORNOS AFECTIVOS Y FACTORES DE RIESGO DE CRONIFICACIÓN Y RECURRENCIA |
| Enrique Baca Baldomero |
| Servicio de Psiquiatría. Clínica "Puerta de Hierro". Universidad de Madrid |
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Cada vez es más evidente que los trastornos depresivos
han de ser consideradosenfermedades crónicas o, al menos, enfermedades
recurrentes. Los episodios depresivos únicos parecen ser la excepción de una
enfermedad que se comporta como una afectación que va a acompañar al paciente
durante toda su vida. El ya clásico estudio de Grof y cols.(1) demostró este
hecho de forma consistente al mismo tiempo que comprobaba la observación clásica
de que la sucesiva aparición de las recurrencias suponía un acortamiento de los
períodos libres de síntomas y, por tanto, una mayor aceleración en el ritmo de
aparición de los períodos de enfermedad. Asimismo, el aumento en la edad de
aparición del primer episodio estaba relacionado con el mayor riesgo de
recurrencia.
Número de episodios previos y edad de comienzo en el
primero de ellos aparecen, pues, como dos de los principales factores de riesgo
en la recurrencia de la depresión y, consecutivamente, en el carácter crónico de
la enfermedad.
En el presente resumen analizaremos, muy
esquemáticamente, los datos epidemiológicos disponibles sobre los trastornos
afectivos en general, haciendo hincapié sobre los cuadros más importantes desde
el punto de vista del tratamiento prolongado y de la prevención de recaídas y
recurrencias.
Examinaremos los datos sobre la depresión mayor, la
distimia y los trastornos estacionales y mencionaremos, asimismo, los datos
sobre los trastornos bipolares (aunque es evidente que se separan "prima facie"
del objetivo inmediato de este trabajo), así como las cifras de morbilidad en
los ancianos y las disponibles para adolescentes y niños.
Por último, sintetizaremos los principales factores de
predicción de cronicidad y recurrencia.
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| Epidemiología de los trastornos bipolares |
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Los estudios disponibles establecen que la
prevalencia-vida para el trastorno bipolar obtenido en estudios comunitarios
oscila, en los trabajos llevados a cabo en EE.UU., entre el 0,7 y el 1,6%, con
una media del 1,2%. Si consideramos también las investigaciones realizadas en
Asia (Taiwan, Corea) y América (Puerto Rico, Canadá) el rango se amplía en la
zona baja (0,16% en Taiwan, 0,41% en Corea, 0,5% en Puerto Rico y 0,6% en
Canadá). Las cifras de prevalencia-año en EE.UU. no difieren significativamente
de las de prevalencia-vida (0,6 a 1,4%), así como tampoco en Taiwan (0,12%).
Este hecho puede ser explicado, en parte, por la circunstancia de ser el
trastorno bipolar una enfermedad crónica (2).
Sin embargo, estas cifras son ligeramente inferiores a
las encontradas, siempre para prevalencia-año, en Italia (1,7%).
La prevalencia puntual es considerablemente más baja
oscilando entre 0,8% del estudio de Camberwell, en el Reino Unido al 0,08%
encontrado en España por Vázquez-Barquero (3).
En resumen, puede decirse que la prevalencia del
trastorno bipolar puede estimarse, en población general, entre el 0,5 y el 1,2%
para la prevalencia-vida. Cifras sensiblemente iguales se obtendrían para la
prevalencia-año, mientras que la prevalencia puntual oscilaría entre el 0,1 y el
0,5%.
La única excepción la constituirían los países asiáticos
donde estas cifras deberían ser corregidas a la baja. España también tendría, a
tenor de los únicos datos disponibles, una prevalencia en el límite inferior del
rango de los estudios internacionales. En cuanto a los probables factores de
riesgo, las cifras son similares para ambos sexos, la edad media de comienzo
está aproximadamente en los 21 años, con bastantes casos en los que el inicio
del cuadro aparece en la adolescencia. El principal factor de riesgo es, sin
duda, la presencia de antecedentes familiares.
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| Epidemiología de la depresión mayor |
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Las cifras de morbilidad de la depresión mayor que
generalmente aparecen en las revisiones y manuales proceden con frecuencia de
una simplificación de los hallazgos epidemiológicos que, considerados con cierto
cuidado, suelen presentar aspectos más complejos.
Así, en textos americanos se suelen mencionar cifras de
prevalencia puntual de alrededor del 3%, de prevalencia-vida de alrededor del 5%
y de incidencia anual del orden del 1 al 2 por mil.
Todos ellos coinciden al afirmar que la morbilidad es
prácticamente el doble en la mujer que en el hombre, que los problemas de
inestabilidad en la pareja, así como los acontecimientos estresantes, el
nacimiento de un hijo y el abuso de alcohol y cocaína, así como la presencia de
una enfermedad somática crónica se asocian con el riesgo de desarrollar un
cuadro depresivo mayor. También se suele enfatizar el componente genético de
esta enfermedad señalando que tener el antecedente de un pariente carnal de
primer grado aumenta el riesgo de padecer la enfermedad de 1,5 a 3 veces por
encima del riesgo que presenta la población general.
El punto que suele presentar más discrepancias es la
cifra de prevalencia-vida que presenta un rango que va desde el 3,7 al 20% según
los estudios.
Pero no solamente la prevalencia-vida, sino también la
prevalencia-año y la prevalencia puntual presentan disparidades que
necesariamente han de ser achacadas, bien a sesgos metodológicos o bien a que la
morbilidad de esta enfermedad está sometida a variaciones en función de factores
ligados a la población de cada zona geográfica, sin presuponer si dichos
factores han de ser socioculturales o genéticos.
Dejando de un lado los estudios epidemiológicos
anteriores a los años sesenta y centrándonos en aquellos que han empleado medios
de diagnóstico estandarizado y criterios operativos de caso encontramos tres
grandes grupos de investigaciones: las que han utilizado criterios RDC, las que
han utilizado criterios DSM-III y las que han utilizado criterios
CIE-9.
Los estudios realizados usando criterios RDC en los años
setenta (estudio de New Haven) daban unas cifras de prevalencia-vida del 18%
(4).
El empleo de los criterios DSM-III en el proyecto ECA5
arrojó unas cifras de prevalencia-vida más bajas (4,4% de media, con un rango
entre 2,9 y 5,8), aunque hay que tener en cuenta que también usando criterios
DSM-III se han llevado a cabo investigaciones que han dado cifras más elevadas
(8,6% en Canadá y 12,6% en Nueva Zelanda)(6,7). Por el contrario, los mismos
criterios aplicados en investigaciones en países asiáticos ofrecían cifras
claramente más bajas (3,4% en Corea, 0,9% en Taiwan) (8,9).
Con los mismos criterios DSM-III, pero estudiando la
prevalencia-año, las cifras oscilan entre el 1,7 y el 3,4% en EE.aUU. (proyecto
ECA) y el 5,2% en Italia (10).
Por último, usando criterios ICD-9 las cifras de
prevalencia puntual oscilan entre el 4,6% encontrado en Finlandia y el 7,4% en
Grecia, siendo la cifra media de un total de siete estudios del 5,8%. En España
el trabajo de Vázquez-Barquero en Santander coincide con los resultados
obtenidos en Finlandia (4,6%).
Trabajos más recientes, usando también criterios DSM, han
vuelto a elevar la cifra de la prevalencia-vida de la depresión mayor
estimándola en un nivel muy similar al del estudio de New Haven. Así, Blazer y
cols. (11) vuelven a situar la cifra en el 17,1% y la de la prevalencia puntual
en el 4,9%.
En resumen, podría decirse que las estimaciones más
plausibles establecerían la prevalencia-vida de la depresión mayor en torno al
7%, con diferencias entre los dos sexos que oscilan entre el 2,3 y el 8,8% en
los varones y el 4,9 y el 16,3% en las mujeres y que, si excluimos los valores
extremos, podran establecerse alrededor del 4% en los varones y del 8% en las
mujeres.
La prevalencia puntual podría ser calculada alrededor del
4% y en cuanto a la diferencia entre hombres y mujeres, los primeros oscilarían
entre el 1,8 y el 3,2% y las segundas entre el 2,0 y el 9,3%, siempre para
estudios realizados en países industrializados (12).
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| Epidemiología de la depresión en la población mayor de sesenta y cinco años |
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La proporción de patología afectiva detectada en este
segmento poblacional oscila entre un 5 y un 20% según los trabajos. En estudios
realizados en población general los porcentajes descritos para trastornos
depresivos (sin especificar el tipo) se concentran alrededor del 8% con un rango
entre el 6,6 y el 8,7%, aunque si se considera la presencia de síntomas
depresivos la prevalencia encontrada asciende al 27% (13).
Cuando se consideran sólo los trastornos depresivos
graves las cifras de prevalencia oscilan entre 1 y 3,7% y las de incidencia
entre el 1 y el 2%. No parece claro que la depresión grave aumente con la edad
ni tampoco se comprueba el dato frecuentemente descrito de que al aumentar ésta
aumente la prevalencia entre los varones y disminuya entre las mujeres (14). Por
su parte, los estudios españoles arrojan cifras de 6,6 (15) y 8,33%
(16).
En población atendida en un centro de atención primaria
las cifras se elevan un poco más, detectándose una prevalencia del 9,6% (17). La
diferencia entre los sexos es clara con una distribución de 5,31% en hombres y
del 10,71% en mujeres, es decir, una proporción prácticamente de 2:1 en favor de
las mujeres.
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| Epidemiología de la distimia |
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La distimia es la enfermedad depresiva crónica más
frecuente y su prevalencia-vida se estima entre un 2 y un 4% a nivel mundial,
representando aproximadamente un tercio de todos los trastornos depresivos (18).
El estudio ECA (USA) ofrece para esta patología rangos de prevalencia-vida entre
el 2,1 y el 4,2%. Salvo los estudios realizados en Taiwan, que dan un rango
entre 0,6 y 1,5%, el resto de investigaciones coincide sustancialmente con las
cifras americanas (2).
En España, Vázquez-Barquero, utilizando el sistema
PSE-CATEGO, encuentra cifras del 3,81 % de prevalencia ponderada para la
categoría N+N? equivalente a la depresión neurótica (300,4 de la CIE-9) con una
distribución por sexos del 1,72% en el hombre y 5,57% en la mujer
(19).
La distimia implica una elevada tasa de comorbilidad con
depresión mayor, alcoholismo, trastornos de personalidad y ansiedad
fundamentalmente.
Aproximadamente entre el 70 y el 80% de los distímicos
desarrolla una depresión mayor. La tasa de recurrencia de la depresión mayor es
significativamente más alta en los que presentan dicha depresión doble (50%
frente a 27% de los que sólo padecen depresión mayor).
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| Epidemiología de la depresión estacional |
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Los estudios realizados sobre la epidemiología de la
depresión estacional (DE) y del llamado por Kasper y cols. (20) subsíndrome
depresivo estacional (SDE) se han centrado en la prevalencia de este trastorno.
Se disponen de datos referidos a Estados Unidos (21,22,23) e Islandia (24). Las
prevalencias de DE y SDE encontrada en Islandia fueron, respectivamente, de 3,8
y de 7,5%, todos ellos casos de depresión estacional en verano). En EE.UU. las
prevalencias encontradas (todas ellas también para depresión estacional en
invierno) parecían aumentar a medida que la latitud aumentaba (16,7% de
prevalencia combinada DE+SDE en los 39° N; 17,2%, en los 40° N; 20,7%, en los
42° N). Este hecho no parece confirmarse en el estudio islandés en el que la
prevalencia combinada DE+SDE es de 11,3% para los 62° N a 65° N). En general,
puede decirse que la prevalencia islandesa (3,8% para DE y 7,3% para SDE) es
claramente inferior a la norteamericana (6,9% para DE y 10,9% para SDE) con unas
tasas estandarizadas de comparación entre Islandia y EE.UU. de 0,49% para DE y
de 0,63% para SDE.
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| Algunos datos epidemiológicos sobre la población infanto-juvenil |
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Estudios americanos (25) han encontrado una morbilidad
del 35,16% en poblaciones de adolescentes entre los 14 y 18 años y en
investigaciones realizadas en el medio escolar para todo tipo de depresiones,
incluida la presencia relevantes de síntomas aislados. El trabajo alerta acerca
de la alta tasa de recurrencias (33% en los cuatro años siguientes) y del
amplísimo rango de la duración de los episodios detectados (entre 2 y 520
semanas).
En España un trabajo realizado sobre adolescentes
valencianos (26) detecta un 21,1% de estados depresivos empleando como
instrumento de detección la escala de Zung.
Por último, Polaino y Domenech27 estiman la prevalencia
de la depresión mayor en niños entre los 8 y 11 años, en el 1,8% y la
prevalencia de síntomas depresivos en el 6,4%. Estos resultados estarían acordes
con la idea de que el riesgo de depresión es relativamente bajo en la niñez y
sufre un sustancial aumento en la adolescencia, comenzando siempre con episodios
breves, pero con alto riesgo de recurrencia (25).
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| Factores de riesgo de recurrencia y cronificación |
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Las investigaciones realizadas sobre este punto son muy
variadas y no siempre se atienen a los criterios establecidos para distinguir
cronicidad, resistencia al tratamiento, recaída y recurrencia ni, en su defecto,
definen explícitamente los criterios seguidos en cada uno de estos aspectos. Por
otra parte, las orientaciones y la metodología de la mayoría de los trabajos
difiere sustancialmente y es difícil encontrar hallazgos que sean homologables
exactamente.
Promediando datos de los diversos estudios podría decirse
que el porcentaje de los cuadros depresivos que van a tener una evolución
crónica está alrededor del 20-35% y que una proporción muy similar (entre el 20
y el 30%) va a presentar recaídas/recurrencias.
Parece ser que, aún habiéndose producido un tratamiento
correcto en dosis y duración y con un fármaco adecuado, se producen resistencias
(definidas como fallo en la respuesta terapéutica en dos períodos sucesivos de
monoterapia con antidepresivos farmacológicamente diferentes, a dosis
suficientes y con un tiempo suficiente) en un 15-20% de los pacientes
(28).
También, por otra parte, se han descrito formas
depresivas breves que presentan la recurrencia como una característica clínica
intrínseca al cuadro, con criterios de diagnóstico que suponen que dicho cuadro
dura menos de dos semanas, recurre al menos doce veces al año, presenta una alta
comorbilidad con la depresión mayor y con los trastornos de ansiedad. Se estima
que la prevalencia-año en población general para este tipo de depresiones
estaría alrededor del 5% y la prevalencia-vida alrededor del 16%
(29).
Evidentemente, todo ello introducen otros factores que
también complican establecer de forma unívoca criterios de riesgo tanto para la
cronicidad como para la recurrencia.
En cualquier caso, e intentando recoger lo más
resumidamente posible los datos que se estiman predictores adecuados de la
cronificación en la depresión, tenemos que según la revisión de Gastó (30) los
predictores, tanto clínicos, como biológicos y psicosociales, no presentan una
fiabilidad muy alta, ya sea por no estar suficientemente investigados ya sea por
problemas metodológicos. Sólo algunos, como los síntomas neuróticos y la
comorbilidad con alteraciones de la personalidad predicen una respuesta pobre a
los tratamientos biológicos.
Aunque es evidente que una respuesta pobre al tratamiento
no equivale automáticamente a la cronificación del cuadro, también se ha
descrito el papel, como predictores puros de persistencia de la depresión, la
gravedad del episodio-índice y la presencia de puntuaciones altas en las escalas
de neuroticismo (31).
No obstante, toda una serie de estudios insiste en que la
comorbilidad con la distimia se asocia a no remisión de la depresión mayor (32)
y que, en la línea de los predictores de buena respuesta al tratamiento, pueden
encontrarse la edad más alta en el momento de la aparición del primer episodio
depresivo, la intensidad menor de los síntomas y la presencia de rasgos de
extroversión en la personalidad del paciente (33). También se ha descrito el
papel del soporte marital en la evolución de los cuadros depresivos en mujeres
casadas (34,35).
En general, hay acuerdo en que se conocen poco los
factores de riesgo de cronicidad y sólo se tienen algunos datos sobre los
factores que predicen la respuesta (positiva o negativa) a los tratamientos
biológicos. Entre éstos, y además de los ya mencionados, se proponen también la
duración y severidad del episodio índice y el número de episodios previos
(36).
Los factores de personalidad se han intentado relacionar
con ambos aspectos (mala respuesta y cronificación) postulando que la presencia
de un alto neuroticismo, los rasgos obsesivos y el alto psicoticismo son
predictores negativos tanto de respuesta como de riesgo de cronificación
(37).
La recurrencia de la depresión tampoco tiene predictores
bien establecidos. La revisión de Kupfer y Frank (38) apunta a que una mavor
recurrencia se asocia al número de episodios previos, ausencia de apoyo social,
presencia de alta emoción expresada y aumento de acontecimientos vitales y
rechaza que esté demostrada la influencia del sexo, estado civil o situación
socioeconómica. Por último, cabe mencionar que el test de supresión de la
doxametasona se ha considerado como un buen predictor de recaídas y de malos
resultados si se produce no supresión tras el tratamiento (se insiste en que los
resultados obtenidos en la línea base no tienen valor pronóstico)
(39).
También en relación con la recurrencia temprana (dentro
de las ocho semanas posteriores a la finalización del cuadro) y en cuadros de
depresión mayor (criterios RDC), ésta aparece ligada a dos variables de forma
consistente: a la severidad de la depresión medida con la escala GAS (Global
Assessment Scale, de Endicott y Spitzer), de forma inversa (los pacientes con
puntuaciones altas en la GAS al inicio del tratamiento tenían menos
posibilidades de recaer) y al número de ingresos previos por depresión, de forma
directa (los pacientes con más ingresos recaían más). Sin embargo, el predictor
más potente de recaída era la discontinuación abrupta de la medicación
(40).
En el caso de los pacientes ancianos la recaída aparece
relacionada consistentemente con factores interpersonales (síntomas en el
cónyuge o hijo adulto, dificultades de atención al paciente y problemas de salud
en el familiar). En ningún caso las características clínicas ni
sociodemográficas eran predictores fiables de la recuperación ni del riesgo de
recaída (41).
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